Recuerdo como si fuera hoy cuando hace diez años me tocó escribir la nota sobre el sorpresivo suicidio del doctor René Favaloro. Y recuerdo que la escribí llorando. Lo admiraba, y no podía creer estar contando que ese hombre gigante en inteligencia, humanidad, humildad y rectitud se había disparado al corazón, seguro de que el tiro del final no iba a fallarle jamás porque nadie conocía el motor de la vida como él. El 29 de julio se cumple una década sin Favaloro, y, claro, ahora vendrán las calles, las escuelas y hasta los hospitales con su nombre. Tarde. Como tarde llegó la lectura de la carta que le había mandado al entonces presidente Fernando de la Rúa, explicándole la situación de su fundación, y que dormía en un cajón de la Rosada mientras él sacaba el permiso de portación del arma con la que evitó traicionarse a sí mismo transando con “la corrupción en las obras sociales sindicales” y con todos aquellos, incluidos colegas, que querían hacer negocios con la salud de la gente. “Te escribo porque nuestra Fundación está al borde de la quiebra (...). Necesitamos alrededor de seis millones de pesos (…). Te escribo desde la desesperación. Nunca en mi vida estuve tan deprimido”. Tarde como llegó la lectura de la carta que le había mandado al director del diario La Nación: “Me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir con nuestra tarea (…). El final se acerca de a poco. No es para que te asustes, pero todo está consumado, y siento que estoy solo en esta sociedad, realmente, de mierda"
Cada una de sus palabras nos dejó mudos. Frases que cortan la piel y el aire con la exactitud de su bisturí, pero sin anestesia, como aquella que dejó, seguramente con una pena ahogada en el alma, antes de cargar el revólver: “Ser honesto en nuestra sociedad corrupta tiene un precio. A la larga o a la corta te la hacen pagar". Tenía 77 años y sobradas razones para no querer vivir más. Pero no fue un acto intempestivo. Dio preaviso y nadie acusó recibo. “A esta edad, terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros, mis profesores, me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar. Prefiero de-saparecer", escribió.
A veces, la desidia de la sociedad cuesta muy cara. Voy a seguir pensando siempre que se podría haber hecho mucho para evitar el disparo, y que nadie lo hizo. Que todo llega tarde. Y que tener hoy una calle con su nombre es demasiada poca cosa. No quiero caminar por esa callecita, prefiero recorrer sus libros, su casa del barrio El Mondongo de La Plata, donde nació el 12 de julio de 1923, andar los lugares que él anduvo en Jacinto Aráuz, un perdido pueblito de La Pampa donde empezó a salvar vidas, allá por 1950. Y prefiero tenerlo en una cicatriz que llevo en mi pecho, souvenir que me dejó una cirugía que en 1993 me hizo un médico de su equipo. Lo llevo en el corazón, como muchos, pero se lo extraña: la decencia en carne viva se nos hace cada vez más ajena. No abundan los Favaloros, pero ojo, que hizo escuela. No sea cosa que otra vez quienes tienen en sus manos hacer algo vuelvan a apretar el gatillo. Porque no fue él quien lo apretó. A René lo mataron entre todos-
Marcela Tarrio - mtarrio@perfil.com - Editora