Edición 1537 ///// 10 de diciembre de 2008
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"Yo aparezco cuando el médico dice que ya no hay nada para hacer"
Pablo Ramirez. El ex jurado malo de "O T" lleva su palabra a enfermos terminales. No le gusta que le digan "pastor". Un santo.

Nati era fanática de “Operación Triunfo”, aquel reality de canto conducido por Marley que buscaba al cantante pop del año y que tenía un jurado que hacía de filtro. Ella, cantante aficionada, alentaba a su candidato de turno, que, cantara como cantara, era sistemáticamente vapuleado por el presidente del jurado. Y entonces Nati le dedicaba en cada emisión su más sincero desprecio.

Tiempo después, Nati sufrió un accidente que la dejó al borde de la muerte y aquel hombre a quien dedicó insultos y vistió con su más ferviente odio se convirtió en una de las personas más amadas de su vida. El ex jurado que “cayó del cielo” hoy es para ella una suerte de pastor que alimenta sus ganas de vivir el tiempo que le queda.

Es que, muy lejos de la altanería, la soberbia y el maltrato a los participantes de “Operación Triunfo”, Pablo Ramírez tiene un costado humanitario, para casi todos absolutamente desconocido.

El productor musical que presidió el jurado del reality de canto de Telefe durante dos temporadas (2004-2005) suele recorrer varias clínicas, algunas de las cuales él mismo pidió no mencionar, para acompañar a los pacientes y llevarles un mensaje de aliento. Una faceta totalmente oculta y muy diferente a la imagen de “verdugo” que guardan los medios de él, y que el mismo ex jurado prefería no divulgar. Sin embargo, una vez descubierto por Semanario, aceptó la nota.

Ramírez, de 59 años, ocupa gran parte de sus fines de semana en visitar a personas internadas con enfermedades terminales como esclerosis múltiple y cáncer. En las más de las veces, la suya será la única visita que reciban los enfermos hasta la semana siguiente.

El mensaje revelador

“Yo soy voluntario en Hospice San Camilo, una casa de Olivos en la que atendemos a pacientes terminales sin límite de edad y a los que buscamos darles calidad de vida en los días que les quedan. Cuando los médicos dicen el triste ´no hay nada más que hacer`, ahí entramos nosotros, porque en realidad hay miles de cosas por hacer. También les damos calidad de vida a los familiares. Pero hacemos que aquella persona que muere, lo haga en paz y que el familiar que se queda, se quede en paz”, explica Ramírez a Semanario, en plena visita a una clínica. El ex jurado de “la academia” y los demás voluntarios de San Camilo basan su práctica humanitaria en la certeza profunda de que la persona que va a morir sigue siendo una persona viva hasta el final. "Hospice" tiene la misma raíz lingüística que "hospitalidad" y deriva del latín “hospicium”. Ya desde los primeros siglos del cristianismo, se trataba de un sitio en el que los enfermos y peregrinos eran asistidos. Se trata de un voluntariado de la Pastoral de la Salud y quienes forman parte de él deben cumplir con cursos de formación y oración a nivel diocesano y parroquial, además de cursos de acompañamiento terapéutico, según informa el sitio web oficial.

“Esta tarea la hago desde hace muchos años y todos los días. Voy a la Clínica Basilea y a otras más. Me pasó que un día sentí como un mensaje. Estaba yendo a los estudios de Telefe, en Martínez, como saliendo de la cancha de River… Miré el horizonte y me dije: ´qué abandonados que estamos´”, revela el creador de Mambrú y Bandana. Y detalla: “Una señora me pidió que fuera a ver a un familiar, y fui. Y así empecé con ésto. No es que yo voy a una clínica determinada: voy a donde vaya el paciente. Y así se van abriendo más puertas y formando una red, porque la gente se acerca para pedirme onda. Y en muchos casos, los pacientes se transforman en amigos. Pero es una tarea muy fuerte, porque muchos se van y a uno se le arruga el corazón”, agrega el feliz padre de Mariano, Guadalupe y Lucía, de 29, 27 y 22 años respectivamente.

Un día con Pablo

En la clínica ya es la hora del té y varios de los internados y sus familiares se amontonan en la confitería para merendar. Todos están expectantes. Todos esperan la llegada de "él" con ansiedad. Finalmente, Ramírez entra y la satisfacción de los pacientes queda en evidencia. Saluda a cada uno con un beso. Se acuerda de cada nombre, del estado de salud de cada uno, de sus intereses y deseos, y de los de sus parientes. Primero va mesa por mesa a charlar y después sube piso por piso, para recorrer habitación por habitación. Sólo las de aquellos que lo desean, claro. Porque hay a quienes no les cae simpática su presencia, porque creen que su visita disfraza una especie de “evangelización”. Ramírez sale al cruce de ese rumor: “Yo no soy un pastor; soy una persona. No vengo a influenciar. La religión no cuenta; soy un tipo que viene a hacer un mimo al corazón. Yo acompaño a un judío, a un evangelista, a un católico… Dios es uno y el mismo para todos”, dice a Semanario el productor, mientras toma aire después de salir de una de las habitaciones.

Luego, Ramírez va más allá con el tema religioso: “A mí no me importa la religión de cada uno porque todos somos hermanos de la tierra. No hago diferencias ni menciono temas religiosos. Lo importante es el vínculo con Dios. Yo vengo a rezarles, a mimarlos y a acompañarlos, a veces, incluso, hasta en silencio”.

Una señora, que tiene hace años a su marido internado, también va al punto: “No comparto su religión, pero en lo que él hace, que es acompañar y ayudar, sólo importa su condición humana. Es muy caritativo y paciente, y tuvo un gesto muy importante para con muchas personas de acá”.

De todos modos, Ramírez fue echado de muchas clínicas, en algunos casos porque las autoridades no compartían su punto de vista y demás, porque había gente de renombre que se asusta con la llegada de un famoso.

Pero lo de Ramírez no se agota en leerles un cuento, charlar de la vida y nada más. El productor musical se involucra con cada enfermo, al punto de acercar a un padre con un hijo, ocuparse de asuntos pendientes de los pacientes y de otros pedidos personales.

Golpe a golpe...

Ramírez entra a una de las habitaciones del segundo piso y saluda efusivamente a Guille. Le cuenta que recién se cruzó con su esposa, Carolina, y su hija, y que están hermosas. Le pregunta sobre el estado de su vista y le pide que aguante. Le aconseja ser fuerte. Como varios, Guille tiene esclerosis múltiple. Ya no respira por su cuenta, no camina, no habla y está perdiendo la vista. Pero tiene la cabeza intacta y por eso “sigue tomando junto a su mujer todas las decisiones sobre su hija”, relata el ex jurado.

Antes de irse de la habitación, se presenta ante un nuevo paciente, que le cuenta que es su pierna la que está fallando, pero que, como no está tan mal, en ocasiones se desafía a sí mismo y camina hasta el baño solo. Ramírez desaprueba la hazaña del hombre y recomienda: “Mejor haga más esfuerzo y pruébese a usted mismo en la clase de gimnasia y no en la habitación”.

Ramírez sigue su recorrida y, después de una visita a un área restringida y de hablar con familiares, entra a otra habitación. “El es un amigo; está solo. Hace años que nadie lo viene a ver. Pero ahora reapareció su hijo y están empezando una nueva relación”, cuenta, mientras de fondo suena música clásica salida de un grabador. “¿Cómo estás? Hablé con tu hijo por teléfono. Está muy interesado en vos. Me preguntó cómo estabas y quedamos en juntarnos a charlar. Y fue él quien me volvió a llamar para concretar una cita. Pero hay que darle tiempo para que lo digiera. Vos ya tuviste tu primer acto de padre, que fue pedirme que lo ayude a él con la música. Aguantá. Te quiero mucho”, le suelta, y alza una pizarra con el abecedario y los números para “señalar” la respuesta.

El sanador

No es pastor, ni mucho menos, según ya aclaró. Pero la realidad indica que, aunque no lleve el “título”, puede decirse que posee sus cualidades. El ex “verdugo” televisivo representa para muchos un cable a tierra, alegría y, no pocas veces, el nexo entre los familiares y los pacientes. En otras, más que un acompañante terapéutico, es un amigo que alienta y escucha. “Pablo les habla a los enfermos de tal modo que parece que los va a levantar. Cualquier cosa que alguien necesita, él es el primero en ofrecerse y no cobra nada. Tiene una forma especial de comunicarse”, cuenta, obnubilado, el padre de una paciente en el pasillo de una de las clínicas.

Por su parte, el marido de aquella Nati -que antes lo odiaba y ahora lo ama- asegura que Ramírez es “una persona que mandó Dios” a sus vidas. “Es muy buena persona y muy buen ejemplo. Nati espera cada domingo su llegada. A ella le encanta la música y él le contó que tiene un estudio de grabación y se comprometió a llevarla. Pero a cambio le pidió la promesa de que ella va a acompañarlo. Le dice que tiene que tener fuerza espiritual, que Dios la va a ayudar”, detalla.

Para Ramírez, cada uno de los pacientes significa algo muy especial en su vida. Los considera “maestros”. “Lo espiritual es un acto de amor y misericordia. Y cada una de estas personas es un maestro para nosotros. Ellos están partiendo antes que nosotros; cada caso es muy enriquecedor”, se emociona el productor mientras se permite soñar: “Si bien en San Camilo no hay límite de religión, es un lugar católico. Y yo quiero que haya muchas casas sin religión donde se acompañe a la vida y no a la muerte. Sé de la calidad de vida que damos en Hospice. Y no es la tarea de Pablo Ramírez. Es la de muchos médicos, psicólogos, acompañantes terapéuticos y voluntarios”.

La visita termina. Ramírez se va en silencio, ensimismado. Seguramente sintiéndose bien. Sus “maestros” lo esperan en algún otro punto de la ciudad. Al final, no era tan malo.
Julieta Mondet Fotos: Norberto Melone y Eduardo Giménez

 

 

Pablo visita a los enfermos que lo esperan en el Hospice San Camilo, de Olivos, donde es
voluntario. "No mezclo la religión", aclara el productor.
 
Ramírez llega a la Clínica Basilea, en Capital Federal. El calor agobia, pero el ex jurado tiene aún mucho por hacer.
 
Padre de tres hijos y
productor musical, Ramírez fue el creador de grupos como Bandana y Mambrú.
 
   

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